viernes, 7 de diciembre de 2012

EL FIN DEL MUNDO

El fin de semana pasado, mi marido y yo nos acercamos a unos grandes almacenes para adelantar las compras de Navidad, esas que te dejan la cartera con telarañas para los tres o cuatro meses siguientes. A pesar de llevar una lista bien preparada, nos pasó lo de siempre: acabamos gastándonos el doble de lo que habíamos previsto. Supongo que es lo que toca: con tres hijas pequeñas el dinero se va sin sentir. 

Pero cuál fue mi disgusto cuando, ya en casa, abrí el periódico y me atacó la siguiente noticia: según los mayas (aunque deberían haber escrito "según algunos que creen que saben lo que los mayas quisieron decir"), el mundo se acabará el 21 de diciembre de este año. ¡Vaya por Dios! ¡Antes de Papá Noël, de la cena de Nochebuena y de la comida de Navidad! Tentada me sentí de regresar al centro comercial para devolver lo comprado. 

Y es que, si bien la noticia de un posible fin del mundo haría enloquecer a cualquiera, son incontables las veces que diferentes grupos de personas en diferentes lugares del mundo han vaticinado lo mismo, en distintas fechas, y siempre, por fortuna, con el mismo resultado. Y tal ha sido el convencimiento de estos crédulos seguidores que no pocos se han quitado la vida para evitar enfrentarse al sufrimiento de contemplar un final absoluto. Pero vamos a ver, ¿realmente hay quien se crea esto... otra vez? 

Pues no sólo parece que hay quien lo cree, sino que es un negocio en alza que está dando pingües beneficios en los Estados Unidos, donde familias y familias están comprando y equipando búnkers para poder sobrevivir en caso de tragedia suprema. Tienen la forma de un calentador eléctrico gigante, y por dentro están equipados con varias estancias, con un hornillo, un aseo, literas... Algunos los instalan en sus jardines, con la misma felicidad con la que antaño colgaron los columpios para sus hijos. Otros excavan el subsuelo y entierran el bunker con un doble fin: soportar mejor las inclemencias de un ambiente extremo o radiactivo, y evitar que los vecinos u otros supervivientes puedan robarles la comida y el agua.

De hecho hay incluso apuestas sobre cuál será la circunstancia que nos provoque ese final tan temido: una llamarada solar, un virus mutante, un choque contra un asteroide, una guerra química...  Hagan juego señores. Señores americanos, se entiende. Lo que no especifican es si el ganador recibirá su premio en la otra vida.

Nosotros, desde este lado del Atlántico, nos sonreímos con la superioridad que da la inteligencia ante lo obvio. "Estos yanquis, ya están otra vez con sus locuras". Aquí tenemos cosas más urgentes de las que preocuparnos: la maldita crisis que nos está hundiendo, por ejemplo. Y el futuro de nuestros hijos, que está en la cuerda floja. Sí, aquí somos más racionales, no hay duda. Tenemos los pies en el suelo. Ambos pies. Y sólo los despegamos en dos ocasiones: para que barran por debajo de ellos cuando el suelo del bar está demasiado lleno de papeles y palillos, y cuando nuestro equipo marca un gol. Creo que es entonces cuando los yanquis ladean sus cabezas compasivamente. "Estos españoles, -deben de pensar- con la que les está cayendo y aún tienen fuerzas para gritar ¡Gooooooollllllllllll!".


jueves, 6 de diciembre de 2012

TALAR CON CORDURA

Entiendo que estamos en crisis. Lo repiten los medios de comunicación a diario. Lo veo en las calles. No es una crisis cualquiera. Es un batacazo como no nos habíamos pegado en décadas. Y no se le ve un final cercano. Cada día nos despertamos con nuevos recortes, nuevos despidos, nuevas quiebras de pequeñas empresas familiares, amenazas de privatización de unos sistemas públicos que fueron la envidia de Europa por su gratuidad y por su buen hacer. Ahora todo eso peligra, se está derrumbando. Vamos haciendo cesiones poco a poco. Y tenemos la sensación de que el final se nos oculta. Tememos despertar un día con una desagradable sorpresa. Como a los niños cuando no se les ha hablado de la gravedad de las discusiones entre sus padres, y un día se encuentran con que uno de los dos ya no vive en casa.

Además, tenemos la sensación de que las vías de protesta ciudadana están atascadas, embozadas como las cañerías viejas. Ni los sindicatos cuentan con la credibilidad de sus durísimos inicios, ni los movimientos ciudadanos como el 15-M parecen efectivos a la hora de defender a la ciudadanía. Parece que el Gobierno no nos quiere oír. Se suceden las manifestaciones casi a diario. Cuando no protesta un sector, protesta el otro. Imposible no darse cuenta. 

Ya hay quien empieza a comparar esta situación con la vivida en los años anteriores a la Guerra Civil, esa guerra de nuestros abuelos que ya creíamos superada. Como también empiezan a oírse consignas xenófobas, razonamientos que pasan por la expulsión de todo el no nacido aquí para lograr una reducción en lo que ellos llaman "las bolsas de pobreza y de exclusión social". La historia tiene la nefasta costumbre de repetirse.

Lo que no puedo dejar de preguntarme, disculpen mi ingenuidad, es cómo los políticos no se dan cuenta de que lo que el pueblo está reclamando, además de pan, es que los recortes se vean también en las esferas superiores. Y no me refiero sólo a un ligero ajuste en la extra de Navidad o a un tímido 5% en sus astronómicos y múltiples sueldazos, sino a una tala generalizada de ese bosque enmarañado y anónimo que les garantiza unas condiciones de vida privilegiadas e intocables. Blindadas, para más exactitud.

Ellos defienden que todo eso es necesario: embajadas, autonomías, senado, asesores, sueldos vitalicios... y puede que, efectivamente, lo sea. Pero no es más necesario que la pensión íntegra de los jubilados, o que el subsidio de desempleo, o que una buena sanidad pública. Señores, cuando hay una crisis que está hundiendo al país, hay que ponerse serios. Su excusa, repetida hasta la saciedad, o debería decir hasta la suciedad, es que todo eso supone una cantidad muy pequeña de dinero en el compendio general de los presupuestos. Pues lo dicho, me parece una excusa muy sucia, porque su alternativa es recortar sanidad y pensiones, es decir, recortar al que menos tiene. ¿Que lo hacen así porque muchos pocos hacen un mucho? ¡Hombre, por Dios! ¡Pues ese es el problema! ¡Que somos muchos ya los hundidos en esta pesadilla en la que nos han metido! Sin empleo, sin casa, sin sanidad y sin subsidio... ¡ahórquennos ya, y acabemos!


Y es que, señorías, los muelles se pueden estirar hasta un cierto punto, pero si tal punto se sobrepasa, dejan de ser muelles y se convierten en alambres de lo más afilado. Me da la sensación de que nuestra sociedad se está llenando de muelles que empiezan a deformarse peligrosamente. Empiezan a oírse los primeros aullidos convocando a la jauría. Se nos acaban el tiempo y la paciencia. La opción ya no es votar al partido contrario. La opción, señorías, es quemar el tablero donde ustedes se están jugando nuestro futuro. Pregunten a sus abuelos. Tienen mucho que enseñarles.

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miércoles, 5 de diciembre de 2012

UN TEXTO FELIZ

Hoy quiero escribir un texto feliz. Tiene que ser posible. Sólo es cuestión de esperar un poco. Tarde o temprano acabaré sonriendo. Siempre lo hago. Sólo es cuestión de esperar. Un poco. 

Hoy es el día en que más temprano entro a trabajar. Así que me levanto antes que mis hijas y me voy de casa sin que me oigan. Les he mandado un beso desde el marco de la puerta. No he querido despertarlas. Duermen en una inconsciencia feliz que me tranquiliza. Ya me preocupo yo por ellas. No hace falta despertarlas aún.

Entro en mi coche y, como siempre, voy a encender la radio. Pero no. Me detengo justo un segundo antes de apretar el botón. Si lo hago, las malísimas noticias económicas inundarán mi coche, y por mucho que abra puertas y ventanas, las llevaré prendidas en mi ropa como si fueran olor a tabaco. "¡Por los pelos!" pienso aliviada. No puedo olvidarlo: hoy tengo que escribir un texto feliz. 

Entro en mi instituto y una compañera me pregunta: "¿Ya sabes de qué vas a escribir hoy?". Le digo que no. Sólo sé que va a ser un texto feliz. Ella me mira de arriba abajo y de abajo arriba. "¿Feliz por qué?". Me encojo de hombros. Ni yo misma lo sé. Feliz porque sí. Porque ya va haciendo falta. "Pues suerte, hija" me dice mientras inclina la cabeza dubitativa. "Un texto feliz" - parece pensar. "¡Pues la lleva clara!".

La mañana transcurre con una monotonía insoportable. Parece decidida a arruinar mi artículo. "¡A este paso, como no escriba un chiste...!" -pienso con impaciencia mientras un alumno se equivoca por quinta vez en la pizarra. 

"¿Sabes si ha pasado algo bueno hoy?" -le pregunto a una compañera de departamento. "¿Algo bueno de qué?" "Pues... de lo que sea...". Me mira guiñando los ojos, como si quisiera ver dentro de mí. "Estás muy rara. ¿Te encuentras bien?"

Respiro hondo para no desesperar y voy rápidamente a la próxima clase. Estoy inmersa en la semana de exámenes, y algunos grupos me reciben como si fuese la mensajera de la muerte. Reparto los inofensivos papeles con apenas unas líneas impresas. Es el momento de recoger lo sembrado. Algunos alumnos se afanan, laboriosos, en llenar el folio inmaculado con ideas aprendidas en ocho semanas. Otros me dedican bonitos dibujos que, desafortunadamente, no les servirán para aprobar. 

El colmo llega cuando les toca enfrentarse al examen oral. Salen a la pizarra por parejas, y tienen que desenvolverse en inglés durante un par de minutos. Yo sé que la mayoría pueden hacerlo, lo compruebo a diario. Pero el hecho de saber que es un examen los bloquea. Tengo más confianza yo en ellos que ellos mismos. Se producen las primeras crisis nerviosas, los primeros llantos. Algunos alumnos se agarran a sus parejas de infortunio con tanta fuerza que les hacen protestar: "¡Suéltame, tía, que me arrancas el brazo!".

Lamento estas situaciones de estrés, pero deben pasar por ellas y superarlas. Intento tranquilizarles. Les hablo de los tribunales que les juzgarán en futuros exámenes, de las entrevistas laborales, en las que tendrán que demostrar ser mejores que los demás. De la importancia de que confíen en su propia valía. 

Ellos me miran con los ojos fijos. Se diría que algunos ni siquiera respiran. Ahora mismo parecen una colección de búhos de cerámica expuestos en una vitrina. No puedo evitar sentirlos al borde del precipicio. Ellos probablemente ignoran lo que se les viene encima. El futuro tan difícil que les predicen los analistas más entendidos. Empleos precarios. Sueldos bajos. La responsabilidad de formarlos bien me asfixia. Mi asignatura es clave: inglés. Pero ellos no están preparados para la dureza del mundo. Son aún polluelos sin plumar, en la calidez de su nido.

 Me suplican que les deje hacer el examen oral desde sus pupitres. Intento que entiendan que es absurdo, pues si saben hacerlo desde sus sitios, lo harán igual de bien frente a la pizarra, porque despegar el trasero de sus asientos no les va a resetear el cerebro. Pero no tengo más remedio que ceder. Aunque no es muy ortodoxo, ando ya un poco conmovida. Increíblemente, funciona. Se relajan y hablan como siempre. Intento de nuevo que salgan a la pizarra, y de nuevo me hacen desistir. Batalla perdida. Son el colmo. Se lo digo. Ellos lo saben, y se ríen. "Y tú eres muy buena, profe" -me dicen. "Sí, cuando hago lo que vosotros queréis". A mi edad con halagos. Los dejo sonriendo. La semana que viene lo volveré a intentar. Como que me llamo Pilar que estos acabarán hablando como loros delante de la pizarra. Pero está visto que hoy no. 

"¡Pilar! ¡Ya puedes escribir un texto feliz!" -me dice mi compañera de departamento, pasándome el periódico de hoy abierto por la página de actualidad local. Yo ni lo miro. "He cambiado de idea. Voy a escribir sobre búhos y polluelos". Ella no sabe a qué me refiero, claro, pero esta tarde leerá mi artículo, como hace siempre. Sé que le gustará. Ella también tiene sus aulas repletas de búhos y polluelos. Ojalá algún día lleguen a ser águilas imperiales, gavilanes o halcones. Voy a invitarla a un café. Brindaremos por eso.

martes, 4 de diciembre de 2012

ESCUELA PÚBLICA

Sabido es que el lenguaje tiene una tendencia inherente hacia la economía por razones de eficiencia, y así, en vez de referirnos, por ejemplo, a nuestra Educación Secundaria Obligatoria, simplemente la nombramos por las siglas ESO. Y tengo la sensación de que no todas las letras tienen la misma preponderancia, incluso de que algunas podrían suprimirse por completo. En el mismo ejemplo, la ESO es mucho más O que S, y sólo a veces conseguimos que sea E. Así que fácilmente podríamos decir "Mi hijo está en 4º de O". Además de no mentir, conseguiríamos ahorrar al máximo.
Lo mismo sucede con la EPL, la Escuela Pública Laica. Tengo la agobiante sensación de que la L se va haciendo cada vez más roja y más mayúscula, y temo que pueda eclipsar a la E y la P, que creo que son las más definitorias. Casi me veo tentada a recurrir a la D, de Democrática, y a la T, de Tolerante, para que defiendan a la pobre y maltrecha L, que creo que está siendo mal entendida.
Por si ustedes no lo saben, les diré que en nuestro sistema educativo, y hablo del tramo de la Secundaria, la asignatura de Religión es optativa, lo cual quiere decir que el alumno que prefiere no estudiarla, perfectamente puede no hacerlo. Y lo que es más, si elige no hacerlo, no tiene que estudiar ninguna otra asignatura en su lugar, con lo cual la oferta es sencilla y muy tentadora: o Religión o nada, bueno, hora de estudio. ¿No demuestra esto que los adolescentes -repito, adolescentes- que eligen la asignatura realmente tienen interés por ella?
Me argumentarán algunos: "¡Claro! ¡Al final del curso se los llevan de excursión!" ¿Y qué? Muchas otras asignaturas optativas llevan implícita una o más excursiones; es más, cualquier profesor de cualquier asignatura puede llevarse a sus alumnos a donde considere oportuno: no hay más que tomarse la molestia de hacerlo. ¿Y creen ustedes que de verdad compensa pasar nueve meses con una asignatura más por un día de excursión?
También es frecuente atacar la asignatura argumentando que "el que quiera religión, que vaya a la Parroquia". Bueno, son cosas distintas: en la Parroquia se hace Catequesis, o sea, oración y práctica religiosa (se prepara uno para la Primera Comunión o para la Confirmación), mientras que en las clases hay un temario teórico que impartir, diseñado por la Consellería de Educación. Además, siguiendo ese razonamiento tampoco tendríamos asignaturas como Música (¡al Consevatorio!) ni idiomas (¡a la Escuela Oficial de Idiomas!). Pero nunca he oído este razonamiento para estas asignaturas. Y espero no oirlo, porque yo doy Inglés.
Es evidente que el plan de estudios de la ESO es susceptible de mejora, y no poca. Pero déjenme decirles una cosa: queramos o no, nos guste o no, España ha sido profundamente católica hasta el día de hoy. Igual de religiosa que ha sido Europa. Y eso quiere decir que la religión estructura muchas otras disciplinas que, sin un conocimiento básico de los principios fundamentales del cristianismo, difícilmente pueden comprenderse. Ahí tienen la Historia de España (configuración de la sociedad medieval, Reyes Católicos, expulsión de judíos y moros, Inquisicíón, desamortización de Mendizábal...), la Historia del Arte (eliminen de un plumazo la arquitectura y la pintura religiosa, desde las Catedrales hasta Murillo, Velázquez y tantos otros, ciudades enteras como Toledo, y transpólenlo a Europa, y les quedará un manual de Arte de tres páginas), la Literatura (desde San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús hasta Unamuno), la Música (las más grandes obras de los mejores compositores de todos los tiempos están basadas en gran parte en el cristianismo: Misas, Réquiems, Aleluyas...).
Por si fuera poco, además de ser materia troncal en otras asignaturas, la religión católica es también una realidad en el mundo de los alumnos: es tradición, desde las fiestas patronales, con actos como la Ofrenda a la Virgen o el paseo por la bahía, hasta sus propios nombres, sacados en su inmensa mayoría del santoral cristiano; es turismo, como el Camino de Santiago o la Semana Santa de Sevilla o Valladolid; por no hablar de bautizos, bodas y comuniones, tan denostados últimamente, o esa costumbre tan nuestra de enterrar a los muertos previa Misa. Por si acaso.
¿No son estas razones culturales suficientes para permitir que, al menos de manera optativa, la religión como asignatura pueda seguir en nuestras aulas? ¿Y más cuando su demanda por parte de los alumnos lo justifica? No se trata de evangelizar, ni de rezar por las mañanas en el patio. No se trata de que la escuela pública pierda su condición de laicidad. Se trata de que se imparta una asignatura que, de manera similar al Latín, ha dado fruto importante en muchos aspectos de la cultura española actual.
 
Pero para acabar de incendiar el asunto, es cierto que hay un profundo desacuerdo general con la manera de seleccionar al profesorado de Religión, única asignatura que no depende directamente de Consellería de Educación sino del Obispado. Y es cierto, esto es así. Pero eso no invalida la asignatura. Habría que exigirle a Consellería que se hiciese cargo del procedimiento de selección, y que lo equiparase al del resto de asignaturas. Como también habría que exigirles muchas más cosas, algunas más importantes, como por ejemplo, que tras más de veinte años, se decidiesen a implantar la obligatoriedad de la asignatura de valenciano en las zonas castellanoparlantes, para que nuestros alumnos no estén, como están ahora, en inferioridad de condiciones respecto al resto de estudiantes de la Comunidad, impidiéndoles el acceso a oposiciones, becas y programas formativos. Pero de esto nadie dice nada. Nadie. Será que no importa.
Así pues, dado que la Escuela Pública es y debe ser un reflejo de la sociedad, y que inequívocamente aspiramos a que ambas sean democráticas y tolerantes, con cabida para todos y no excluyentes, creo que debemos garantizar la impartición de la asignatura mientras haya demanda por parte del alumnado. Tiene demasiado peso cultural, y no se la puede eliminar de un plumazo, mirar hacia otro lado y hacer como si no hubiese existido nunca.

lunes, 3 de diciembre de 2012

PLAZAS Y PÁNICOS

Todos los países, absolutamente todos, con independencia de su tamaño y de su situación económica actual, tienen lugares emblemáticos que una vez fueron construidos para orgullo de sus gentes y para loa del propio país. Cuando los foráneos los visitamos por primera vez, nos rendimos ante la increíble belleza de algunas de sus construcciones, y las retratamos mil veces para recordar los detalles que más nos impresionaron.
 
De entre todos los lugares emblemáticos de una ciudad, yo siempre he sentido especial predilección por las plazas. A diferencia de los museos, las plazas son lugares abiertos de los que cualquiera puede gozar sin tener que comprar el derecho de visita; no esconden nada, no albergan piezas de valor incalculable semiocultas en salas dispuestas de tal manera que uno necesite de un plano para tener la seguridad de no haberse saltado ninguna; ni tampoco hay que mostrar un profundo respeto, cubrirse hombros y rodillas, descalzarse o guardar un silencio sepulcral. En el colmo de la naturalidad, en las plazas pueden verse grupos de niños jugando, turistas haciendo fotografías, y palomas picoteando alrededor de alguna fuente de agua incesante.
 
A mi entender, las plazas son lugares que pertenecen realmente al pueblo, a la gente de a pie, a todo hijo de vecino, independientemente de su filiación política, de su nivel social o de su religión. Las plazas acogen a propios y extraños, tienen cabida para miles de personas, y como si de su mismísimo corazón se tratase, en ellas confluyen las principales arterias del centro urbano. Se diría que las ciudades enteras comienzan y acaban en sus plazas. Ellas respiran como respiran sus ciudadanos, palpitan como ellos. Sienten lo que ellos sienten. Y hasta tal punto es así que algunos de los acontecimientos más impactantes de la historia de cada país se han producido en sus plazas.
 
¿Quién no recuerda aquella imagen sobrecogedora de un pobre estudiante chino plantándole cara a una hilera de tanques en la Plaza de Tiananmen, en Pekín? ¿Armado con qué? ¡Armado con nada! La plaza fue testigo mudo de su increíble osadía, y hoy no hay persona en el planeta que no asocie el nombre de Tiananmen con este momento histórico.
 
 
Y es que algunas plazas se humanizan, se personifican y encarnan el coraje de sus gentes, sus reivindicaciones, su sufrimiento. Pasan de ser un mero lugar inanimado a ser la suma de todos sus ciudadanos, y se convierten en sus estandartes. ¿O es que la argentina Plaza de Mayo no tiene rostro de mujer? De miles de mujeres, pañoletas en cuello, pancartas en mano, dolor en los ojos. ¿Y la Plaza Roja de Moscú? ¿No resuena en la mente de todos con el paso marcial de los desfiles militares? ¿Y qué me dicen de la Plaza Sintagma? ¿No se les llenan los ojos de griegos enfurecidos, protestando contra la clase política que los ha sumido en la miseria?












Bien, pues de entre todas las plazas del mundo, hay una que me resulta especialmente dolorosa: la Plaza Tahrir, en El Cairo, Egipto.

Egipto, el país de los faraones, de las pirámides, cuya construcción sigue siendo un misterio, el país de los inmensos tesoros ocultos, de la bellísima Cleopatra y del bíblico Moisés, del Nilo, de los dioses Ra, Isis y Osiris, de los papiros y de los jeroglíficos. Egipto, el país que en 2011 luchaba por dejar atrás treinta años de gobierno dictatorial, vio cómo sus habitantes tomaron la plaza, su plaza, con la misma alegría con la que tomaron sus vidas, con la misma fe, con la misma esperanza. Era un momento histórico, el nacimiento de una nueva era, de una nueva sociedad, mejor y más justa.  Era hora de dejar atrás dolores y odios, y de unirse y luchar por el bien común, por el bien de todos.

Cadenas de televisión de todo el mundo retransmitían la increíble explosión de júbilo, el país entero era una fiesta. Y la Plaza Tahrir era el centro neurálgico de todo aquello. Por eso ellas estaban allí. Trabajando. Retransmitiendo. Rodeadas por un equipo de periodistas occidentales y traductores egipcios. Con todos los permisos en regla. Todos los visados. Todos los requisitos. Todos menos uno. Ser hombres. Así de sencillo. Ese fue su pecado. El de todas ellas. No ser hombres. En Egipto.

La turba enloquecida las atacó con la cobarde seguridad que da el anonimato. Entre miles de manifestantes. Aquellas tres mujeres. Periodistas. Occidentales. Una, africana de nacimiento, para una televisión americana. Otra, francesa. La tercera, británica. Casi murieron. Casi. Pero no. No pudieron con ellas. No lo lograron. Al contrario. Renacieron. De todo aquel dolor. De toda la locura. Volvieron a nacer. Y son conscientes de ello. Con todo el poder que algo así supone. Superar el miedo. Todos los miedos. Y decidir volver. A Egipto. Para contarlo.

Son sin duda mujeres especiales. Únicas en su valentía. En su coraje. Para mí, la Plaza Tahrir ya no es la plaza de El Cairo. Ni la de los egipcios. Ni la de la esperanza en una nueva era. Para mí, la Plaza Tahrir es la Plaza de la Victoria. La de tres mujeres occidentales que lograron escapar con vida de una jauría de lobos hambrientos. Sin asomo de humanidad. De compasión. Y ahora, díganme: a una sociedad que comienza así, ¿qué futuro puede esperarle?







 

 

sábado, 1 de diciembre de 2012

JUGUEMOS


Juguemos a que el tiempo no existe,
A que es trampa vestirse de excusa,
A que el cuerpo es la prenda
Que se paga por matar
Ingenuidades.

Juguemos a todos los juegos
Que el amor nos permite en su locura,
Juguemos a que una pareja
Es pareja aunque no quiera
Y no se puede rendir
Aunque la hieran.

CUENTOS CHINOS

Me encantan los cuentos. De pequeña, mi madre solía sentarse conmigo en la cama y contarme bonitas historias de dragones y princesas, caballeros defensores, lobos malos y cerditos buenos, y un sinfín de personajes que cobraban vida mientras ella iba leyendo atentamente línea tras línea de aquellos grandes libros ilustrados.

 Hoy día soy madre también, y al igual que hacía yo misma hace unos años, mis hijas se duermen cada noche escuchando historias de princesas y castillos, de reinas malvadas y gatos parlanchines. Les encantan. Si alguna noche me hago la remolona por cansancio o porque tengo quehaceres más urgentes, ellas me reclaman con insistencia. Y hace unos días, mi hija mayor, harta de oírlas, se sentó en el mismo trocito de cama donde yo me pongo a leer, y les leyó una historia a sus hermanas pequeñas. 

Y es que hay algo mágico en los cuentos. Lo primero es que siempre triunfa el bien, y el malo termina más que trasquilado y sin ganas de volver a hacer trastadas nunca más. Lo segundo es que los buenos son siempre tan encantadores que uno no puede evitar sentirlos amigos y anhelar, durante todo el desarrollo de la historia, un final feliz para ellos.Y lo tercero es que, desde el principio, todos, oyentes y narrador, asumimos que la historia es una invención, pues hasta los niños más pequeños saben que no existen gatos con botas, ni cerditos albañiles, ni enanitos que extraigan diamantes en una mina del bosque. Hay un principio de honestidad en el planteamiento de las historias que es fundamental, y por eso las aceptamos como lo que son: fantasías.

Sin embargo, hace un par de días leí en un periódico un cuento muy raro, pues no cumplía con ninguno de los tres requisitos que he mencionado antes: unos malos muy malos, chinos por más señas, habían sido detenidos por fin, tras años de investigación por parte de cuerpos especializados de policías de varios países; pero entonces, un juez muy importante pero muy tonto muy tonto "se olvidó" de que los malos muy malos estaban allí, y ¡zas! fueron puestos en libertad porque sí, porque no había manera de meterlos en la cárcel, donde deberían haber pasado un buen puñado de años.

 Desconozco si este cuento tiene una segunda parte que le dé sentido a la primera: no sé si el juez tonto se reunirá, para pedirles perdón, con las madres, esposas e hijos de los pobres policías nacionales que, a pesar de tener el sueldo más que talado, se jugaron la vida -la única que tienen- para detener a estos malos malísimos; o si otro juez, igual de importante pero algo más listo, demostrará que el juez tonto cedió a algún suculento chantaje o quizás obró bajo amenaza de muerte; o si tal vez, con un poco de suerte, a estos malos malísimos los vuelven a detener en algún país más serio, donde a los jueces no se les "olvide" que en el calabozo de la sala de al lado esperan impacientes unos hombres amarillos con mucho poder, a los que hay que acompañar personalmente a su nueva residencia, una prisión de máxima seguridad.

Me dicen mis amigas que en los periódicos abundan este tipo de historias con un argumento tan mal resuelto. Así que voy a desempolvar un par de libros de cuentos que guardaba para regalarles a mis hijas en sus próximos cumpleaños. No quisiera que, por falta de historias nuevas, cogieran un periódico y se encontraran con estas narraciones tan desastrosas. Sería como despertar de la niñez con un puñetazo.

Y es que al Narrador de la Realidad no debieron de contarle buenas historias de pequeño. Eso, o el pobre es vegetariano y no permite que los personajes de sus historias terminemos, como norma general, comiendo las consabidas perdices.