martes, 5 de febrero de 2013

LA VENGANZA DE LAS CUCARACHAS (cap.3.2)



-          Voy a hacer pis –me dice-. ¿Me acompañas y hablamos?
-          No puedo. Vamos con retraso.
Ella se encoge de hombros. “Bueno -debe de pensar-, ya vendrás a suplicarme”. Vuelvo al almacén siguiendo sus pasos, y el encargado me grita:
-          ¡Venga, ya era hora! ¡No podemos tardar tanto! ¡Está el súper a tope! ¡Toma, saca esta verdura!
Yo me llevo el carro de reponer lleno hasta los topes. Pepinos, me encantan los pepinos, tan sugerentes, tan pornográficos… y las zanahorias, lo mismo mismito. Luego le regalaré una a la chica pesa-frutas, ella entenderá por qué. Seguro que no se sonroja. Perdió la vergüenza hace mucho.
-          ¡A ver, señoras! ¡Permiso, por favor!
Empiezo a descargar la verdura en su lugar. Lo malo de este trabajo, además del peso, es que te deja tiempo para pensar. Demasiado tiempo. Yo siempre miro a la gente y saco conclusiones. Me los imagino fuera del súper, intento adivinar cómo son sus vidas. En cambio, ellos no saben nada de mí.
Por ejemplo, esta señora rubia de bote y entradita en carnes, ya ha devuelto mercancía en caja un par de veces. Se escuda en que se ha dejado el monedero en otro bolso. Pero yo sé que no es verdad. Yo sé que miente.
O esta chica joven, tan ojerosa, que nunca sonríe. El otro día llevaba la cara marcada. No mucho, no de una gran paliza. Pero algo le está pasando. Seguro.
Estos dos, en cambio, que siempre vienen juntos, a estos les va bien la vida. Deben de ser recién casados. Se cogen de la mano frente al fiambre o frente a los yogures, y él le susurra alguna cosa al oído que la hace sonreír. Su ropa y sus zapatos son de calidad. Manejan dinero.
También presto atención y oigo sus conversaciones fragmentadas. Todo su universo personal puede deducirse de ellas.
-          … que ya le he dicho yo, que qué más quiere, si ya se me ha quedado con el piso y con el coche ¿qué coño espera? ¿que me suicide?
O bien:
-          … hija, y como todo está tan mal, pues no encuentra ni de lo suyo ni de nada, porque hasta de camarero piden idiomas…
O:
-          …y ya le he dicho yo que tenga cuidado, que en menos de nada le hará un bombo y luego si te he visto no me acuerdo…
Me quedo con ganas de preguntarles más, más detalles, más datos. Pero las veo pasar sin haberme visto siquiera, y sé que es imposible entablar conversación con ellas. Yo sólo soy el reponedor del supermercado. Apenas nadie. Un breve reflejo en el espejo de la columna. Una sombra.
Paso la mañana de aquí para allá, empujando un carro que no parece menguar nunca. La gente abarrota los pasillos y no me deja circular. Se molestan y hasta se enfadan si les pido paso. Dicen que ya no se puede ni comprar con tranquilidad. ¿Y qué van a comprar si yo no repongo la mercancía?
Las cajeras no están en mejor situación. Tienen colas kilométricas, y las clientas se impacientan. Hoy hasta los guardias de seguridad están nerviosos. Cuando hay tanta gente, siempre hay problemas.
Yo, empujando mi carro, giro por una estantería hacia los helados. ¡Y zas! ¡Álex! Otra vez. Con su camión. Con su madre. Con mi corazón en un puño. Pálido por la sorpresa, retrocedo y vuelo por otro pasillo hacia el almacén. Necesito refugio, tiempo, agua. Me mojo la cara en el lavabo. La nuca. Aún son las doce. Y ya estoy medio muerto.
A las dos agradezco tener un carro donde apoyarme para caminar. Me duele todo, las piernas, los brazos, la espalda y la cabeza. Necesito descansar y comer. Finalmente el encargado me despide por hoy.
-          Tienes que cuidarte. Últimamente tienes mala cara. ¿No será que desayunas poco?
No me llama por mi nombre porque ignora cuál es. Tenemos una tarjetita plástica con nuestros datos, y se supone que tiene que ir enganchada a nuestra camisa, pero yo no quiero ser yo. Quiero ser nadie.
-          Es que me sienta mal el verano –le miento-, el calor me baja la tensión.
Es mentira. Mi problema es que no llevo una vida regular, no como bien ni a mis horas, duermo cuando me apetece, o nunca, y cada vez encuentro más placer en dar rienda suelta a mis obsesiones, consciente de que nadie las sospecha siquiera.
Sé que han estado ahí siempre. Todas ellas. Recuerdo que de pequeño me mordía tanto las uñas que, por el dolor, no podía usar los dedos para marcar los números en el teléfono. Recuerdo ponerme la ropa interior de mi hermana pequeña para sentirme los cojones apretados, y actuar como si no pasase nada. Y fingir, engañar a la gente. Siempre el dolor, el miedo y el engaño. Comprender el funcionamiento de estos tres mecanismos ha ocupado gran parte de mi niñez y de mi juventud. Experimentar, explorar, hallar los límites, traspasarlos, predecir las reacciones. Aprender a adivinar los pensamientos, a leer en los ojos y en los gestos de los demás, a dominar mis propias respuestas. Ver hasta dónde llegaban ellos. Hasta dónde aguantaba yo. Eso, unido al arte del halago y a unos buenos modales, me han permitido una doble vida perfecta.
-          ¡Vete por la sombra! –me dice el encargado.
Yo le agradezco el consejo, y nada más atravesar la puerta del súper, echo por la acera repleta de sol. Se me despierta el alma al pensar en mi bañera. Fría. Oscura. Silente.
-          ¡Eh, tú! ¡Espérame! –me gritan desde detrás.
Es la chica pesa-frutas. ¿Qué coño quiere? Se la ve cansada, y se quita los zapatos porque le duelen los pies. ¿Piensa caminar descalza por la calle?

lunes, 4 de febrero de 2013

LA VENGANZA DE LAS CUCARACHAS (cap.3.1)



3
Hoy es martes, víspera de festivo. Mañana es la Virgen del Carmen, y en un pueblo marinero como este, es fiesta mayor. Así que hoy, nuevamente, el súper estará atestado de gente, como si al no abrir el miércoles, tuvieran que aprovisionarse para dar de comer a un regimiento.
Entro en el almacén y me pongo mi gorra y mi uniforme de reponedor. Alguien me observa mientras me abrocho los pantalones: es la chica pesa-frutas.
-          Hola, guapo –me dice mientras me acaricia la nuca con sus larguísimas uñas-. Has llegado pronto hoy…
Es cierto, faltan diez minutos para las ocho y media, o sea que son las ocho y veinte de la mañana: la hora menos apetecible para tener sexo. Pero ella no parece opinar así. Me empuja hacia atrás con su mano en mi vientre, y me hace volver a entrar en el aseo, de donde yo ya he salido. Se quita la camiseta de tirantes y el sujetador. Tiene unas peras enormes. Entonces pasa el pestillo y apaga la luz, para que nadie sospeche que estamos dentro. Con rapidez me besa los labios y me desabrocha el pantalón. Mete su mano en mi bragueta, y me toca.
Yo me imagino que es una niña muy mala, y en la oscuridad noto mi sexo invadiéndolo todo, primero en su boca, y luego, apoyado contra la pared en un equilibrio imposible, dentro de su agujero prohibido, tan húmedo y caliente que no quiero salir nunca. Nos movemos sin palabras, sin sonidos, sólo respiramos a la vez, rápidos ante el temor a ser descubiertos. Yo me dejo llevar por ella, por mi niña imaginaria. Hasta que culmino con un imperceptible gemido.
Ella se recompone en la oscuridad, sale del cuarto de baño sin dar la luz, y yo vuelvo a pasar el pestillo. Me lavo el sexo en el lavabo, y también las manos y la cara. Hoy ya voy servido, y espero que ningún Álex me deje tan colgado como ayer.
-          ¿Qué me toca? –le pregunto al encargado del almacén.
-          Aceite, y de prisa. Acabamos de abrir y ya vamos con retraso.
Salgo con mi carro cargado de botellas y garrafas. Aunque no está en mi ruta, paso por delante de la chica pesa-frutas, pero ella está atendiendo a una señora y no me mira ni me ve. Bajo la blanca luz fluorescente del súper es, como predijo mi madre, una desgraciada vulgar y pobre, con demasiado maquillaje y cara de haber dormido mal.
Me miro yo en el espejo de una de las columnas, y mi propia imagen me hiere. Soy igual de vulgar y de imperceptible que ella. Ni siquiera mi gorra y mi camiseta me hacen especial. Soy uno más entre un millón. Un don nadie. Un perro mísero y vagabundo. Tan fácil de obviar que no existo.
-          Oye, ¿me puedes decir dónde está el azúcar? Me he recorrido tres veces el súper entero y no lo he visto.
El anciano que me habla lleva de su mano a una niña rubia de unos cinco años. Ella no me mira, y sus ojos saltan de un aparador a otro del súper, desorbitados ante tanto color y tanto brillo.
-          Lo estamos escondiendo para que no se nos acabe –le respondo de broma al viejo, que no comprende mi sentido del humor-. Sígame, haga el favor.
Y los guío por entre los pasillos repletos de gente.
-          Mire: al fondo de este pasillo, en la estantería de la derecha está el azúcar.
Él no me da las gracias. Echa a andar, y yo desearía no haberle dado las indicaciones correctas. Le habría hecho caminar sin rumbo en un súper de pesadilla, inundando de luz blanca sus pupilas cansadas hasta que hubiese soltado a su nieta de la mano. Yo la refugiaría en el váter del almacén, y con la excusa de lavarle la cara para que se le fuese el susto de verse sin su abuelo, la subiría a un taburete para que llegase mejor al lavabo. Le miraría por entre las piernas sus braguitas, probablemente de color, quizás con dibujitos infantiles. La agarraría del culete para que no se cayese, y le ayudaría a secarse la carita.
Vuelvo al aceite, y de nuevo tengo que extremar el cuidado. Oliva, girasol, extra, mezcla, virgen… virgen… La palabra resuena en mis oídos, y con la imagen del líquido untuoso en la punta del dedo, se me hace la boca agua al pensar en la niña que caminaba con su abuelo. La imagino tumbada en la arena de la playa; yo con mi dedo aceitoso le toco por debajo de las braguitas; ella se ríe, divertida; yo le toco la campanita por donde hace pis.
A mi lado, una chica joven se agacha para coger una garrafa de cinco litros. Los pechos le tiemblan como gelatina, y yo me pregunto por qué mi cuerpo no reacciona entonces, por qué se me van los ojos y la mente detrás de una niña de cinco años y en cambio las chicas jóvenes me dejan frío.
Echo la vista atrás y me doy cuenta de que siempre ha sido así. Desde pequeño me ha gustado jugar con niños menores que yo, me he reído con ellos y los he protegido y cuidado. Sin embargo, ahora un nuevo empuje me corroe. Más básico. Más instintivo. Más primitivo. Ya no quiero jugar con ellos simplemente, con la ingenuidad de mi infancia. Ahora quiero algo más sórdido, más íntimo, y que va incluso más allá del sexo. Necesito llegar a ser alguien en sus vidas, que mis actos se conozcan y se recuerden con un escalofrío, que todos se descubran ante el que una vez creyeron un anónimo don nadie, incapaz de hacerse un hueco para sí mismo, e incapaz de hacerles el más mínimo daño a ellos, los poderosos, los bien pensantes. Es la venganza de las cucarachas, que hartas de ser pisoteadas y despreciadas, van a infligir el mayor dolor a los que antes les pusieron el pie encima sin motivo.
-          ¿Te ayudo, guapo?
La chica pesa-frutas está a mi lado, y me mira con unos ojos que guardan un secreto. Yo la miro y no le digo nada. Ella cree que me gusta, que mi silencio se debe a que me azora que ella me hable. Pero no. Esta chica sólo me gusta en la oscuridad, cuando me puedo imaginar que es una niña mala, muy mala, y yo un niño malo malísimo.

domingo, 3 de febrero de 2013

BIOGRAFÍA (poema del domingo)



Calendario de los días sueltos
impares
perdidos
calendario de las noches al revés
confusas
solas
calendario de los días sin llover
sin amor
sin nada
calendario de las noches frías
terribles
mías
calendario de los años en que no vi
salida
de las vidas y las manos que no hallé
tendidas
calendario de los golpes del querer
de los vencidos
colección inenarrable de un seguir
caída
cuando quise deshacerme del sufrir
en vida
vida atrapé
que huía
vida aposté
gané vida
vida gocé
y hoy estoy viva.

sábado, 2 de febrero de 2013

RUBALJOY

De los mejores y más nobles combatientes he oído decir que nunca se debe minusvalorar ni despreciar a los oponentes, pues cuanto más grande admitamos que es el enemigo, más valorada será nuestra victoria sobre ellos. De esto, el señor Rubalcaba no ha debido ni oir hablar, pues él, que se revuelca en el mismo lodo corrupto que el señor Rajoy, se cree tan a salvo que se permite exhortarle exigiéndole transparencia. 

El suyo es el comportamiento infantil y poco honroso del que se alegra de las dificultades del enemigo, pero no de las sobrevenidas tras honesta lid, sino de las que nacen del infortunio o de la traición interna. Es la ejemplificación de que cuanto peor le vaya a mi enemigo, automáticamente y sin que yo haya hecho méritos para merecerlo, mejor me va a ir a mí. Y en el caso de la política española actual, es de una cortedad de miras sorprendente. 


 A estas alturas, estoy convencida de que no hay nadie en el país que ponga la mano en el fuego por la inocencia de nadie, y desde luego, tampoco por la de los miembros del Partido Popular que aparecen en la lista del señor Bárcenas. Sin embargo, esto ya no se reduce a una sencilla cuestión de bipartidismo lógico. Estamos sumidos en un terremoto integral, que amenaza con destruir hasta los pilares de nuestro sistema político, financiero y judicial. Y no sólo al ala derecha del edificio. Ni sólo al sótano sindical. Ni sólo al ático lujoso de las cúpulas selectas. A todo el edificio. De arriba abajo. 


Los españoles, con la soga de la pobreza asfixiándonos, estamos hartos de tanto mangante, de tanta impunidad y de tanta injusticia. Si hasta ahora éramos un país emprendedor, ilusionado y optimista, hoy, sombra de lo que fuimos, empezamos a tomar conciencia de lo que ha pasado aquí, de cómo se nos ha ido sumiendo impunemente en una ruina de la que no sabemos aún si vamos a poder salir. Empieza a oirse en la calle el redoble de los tambores clamando venganza. Y cuando la masa se mueva, no habrá quien pueda detenerla. 


 
Con su pacato razonamiento, al señor Rubalcaba le puede estallar la mierda en la cara -con perdón- sin vérsela venir siquiera, como le estalló al señor Llamazares cuando, entreviendo una ocasión impagable de oportunismo político, quiso autoproclamarse líder y portavoz del movimiento del 15-M. ¿Recuerdan lo que le corearon? "¡No nos representas!".


 
Y es que, hoy por hoy, el descrédito es tan absoluto que no nos fiamos de nadie. El daño al país ha sido tan tremendo y tan devastador que no alcanzo a imaginar a alguien que cuente con la preparación y la credibilidad suficientes para gobernarnos y sacarnos del atolladero económico que nos está devorando el futuro. 


Quizás habrá que desterrar ideologías e ideólogos y, al igual que sucedió en Italia, poner al frente del país a un buen gestor. Que aparten las manos banqueros, políticos, sindicalistas, jueces y demás calaña actual. Que ni se acerquen al nuevo proyecto. Cuando las ideas caen en manos corruptas, pierden su razón y su derecho. Y en este país hay muchas manos manchadas. ¿Alguien va a obligarles a devolver lo que nunca debió ser suyo? De no ser así, ¿qué garantía tenemos de que no sucederá de nuevo? 

Ojo avizor, señores políticos. Estamos perdiendo la paciencia y el miedo. El sistema que se autoprotege está condenado al fracaso cuando los excluídos se cuentan por millones. Seis, concretamente. Y subiendo. Si el edificio se derrumba, las bajas serán incontables. Que nadie se crea a salvo. Ninguna ideología. Ninguna institución. Ningún territorio.


viernes, 1 de febrero de 2013

TRAMPARENTE

Dicen que los niños y los locos siempre dicen la verdad. No es algo que crea a pies juntillas, pues he visto a niños bastante pequeños mentir descaradamente, pero es cierto que a veces reparan en detalles definitorios que a los adultos nos habían pasado completamente desapercibidos. 

Ayer, sin ir más lejos, mi hija de cuatro años jugaba tranquilamente con su muñeca preferida mientras yo veía el telediario, al borde de la incredulidad absoluta. Y no quiero decir que no crea que todo este asunto de los sobres con dinero no desprende un tufillo más que sospechoso. A lo que me refiero es a que, sencillamente, no reconozco mi país. Dividido, arruinado y traicionado. Tras casi cuarenta años de democracia, periodo comúnmente aceptado como una bendición después de una guerra fraticida y una durísima posguerra de hambre y escasez bajo el yugo de un dictador, ahora resulta que los gobernantes de España, que, no nos engañemos, no son sólo los líderes del Partido Popular, sino todo el sistema político, judicial y financiero que rige nuestros destinos, se ven envueltos en una capa de mierda -con perdón- que les llega hasta los ojos. Y de esta gigantísima plasta, que antes fue un suculento pastel que impunemente se repartieron, vienen ahora nuestros seis millones de parados, nuestros recortes en servicios básicos, nuestros desahucios, nuestras penurias... hambre, sin ir más lejos. Hambre en España. En el siglo XXI.  

 Desde mi pantalla, el portavoz del PSOE, el señor Rubalcaba, exigía con vehemencia que su oponente político, el sr. Rajoy, tenía que ser "transparente, transparente y transparente". Como si de un radar se tratase, mi hija miró al hombre de la tele. Aquella palabra tan extraña debía de ser importante, puesto que la repetía sin cesar. Entonces ella se giró hacia mí y me dijo, orgullosa de su nueva adquisición lingüística: "tramparente". Yo la corregí: "No: trans-parente". Y ella, desde su inocente sabiduría infantil: "trampa-rente". No quise corregirla más. Tenía más razón que un santo. Trampa-rente. ¿A quién quieren engañar? ¿Alguien escapa de la corrupción endémica del país? ¿Alguien confía en que las investigaciones que tengan a bien llevar a cabo van a desembocar en devoluciones del dinero malversado, en multas ejemplarizantes, en publicación, vaciado y cancelación de cuentas suizas?

Así que, sin proponérselo, mi hija de cuatro años ha inventado un vocablo que describe, con un hiperrealismo aterrador, la imposible redención de la política española: tramparente. Tal y como suena. Tal y como nos la venden. Por triplicado. Ni que fuéramos sordos. O tontos.

jueves, 31 de enero de 2013

LA VENGANZA DE LAS CUCARACHAS (cap.2)



2
Hoy mi turno terminaba a las dos de la tarde, pero son las dos y media y sigo apilando yogures. Tengo los cojones congelados, pero ahora da gusto trabajar porque el supermercado está casi vacío.
Tengo que ir con muchísimo cuidado, porque hay que ver la cantidad de yogures diferentes que se pueden comprar. No quiero meter la pata y poner los de sin trocitos en el hueco de los bio o de los griegos, y aunque tienen incluso envases con formas diferentes, hoy mi mente está anclada en los ojos de Álex, y tengo que esforzarme por conectar con la realidad.
Viene el supervisor y me dice:
-          Gracias por quedarte un poco más. Se había atrasado el camión de lácteos y cuando llegó no teníamos personal para distribuirlos. Ahora ya puedes irte, ha llegado tu relevo.
Yo separo mis cojones del frío y le sonrío, satisfecho. El resto del día es mío, y lo pasaré como más me gusta, resguardado del mundo, escondido en mi madriguera, soñando, fantaseando, jugando con las ideas que me llenan la cabeza.
Me llevo para comer un sándwich preparado de ensaladilla rusa y una bolsa de patatas fritas. Camino hacia mi casa bajo el sol monstruoso de julio. Puedo cruzar a la otra acera y andar por la sombra, pero no quiero hacerlo. Me gusta el contraste entre el frío del súper y el calor asfixiante del verano en el sur. El sol es tan hiriente que a duras penas puedo abrir los ojos.
Vuelvo a casa con la felicidad estallándome en la piel. Por fin, tiempo para mí. Soledad. Silencio.
Subo por las escaleras silbando y dando saltitos, agarrándome a la barandilla con una mano. Abro la puerta de casa y me sé a salvo del mundo. Cierro y me apoyo en ella, de espaldas. Tiemblo de emoción inespecífica. Voy directo al cuarto de baño, y me lleno la bañera de agua fría. Echo unas sales perfumadas, enciendo doce velas y apago la luz del techo. Aunque fuera, en el mundo, es de día, aquí dentro, en el reino de los sentidos, es noche cerrada. Me desnudo y me meto en el agua, sintiendo el frío punzante en cada centímetro de piel. Casi no puedo respirar. Recuerdo aquel día que eché cubitos de hielo. Fue una tortura. Un placer absoluto.
Me recuesto feliz, sonriente, y apoyo la cabeza en el extremo de la bañera. Saco mi sándwich de la bolsa, abro el envase y empiezo a mascar lentamente. Oigo cada sonido en mi boca. Huelo hasta el más mínimo de los aromas. Meto mis labios bajo el agua y doy un sorbo. ¡Aj! Las sales han hecho el agua imbebible. Afortunadamente tengo el whisky de ayer en el cajón de las toallas. Abro las patatas y doy un mordisco y un trago. A pesar del frío, me siento arder la frente.
Y entonces, en medio de toda esa oscuridad y todo el silencio, flotan ante mí los ojos azules de Álex, su hermosísima piel blanca, sus manitas rechonchitas y su risa feliz. Como yo, tiene un exterior aparentemente inofensivo. Pero su crueldad, como la mía, probablemente no tiene límites. El pequeño cabrón me golpeó con su camión de juguete, mientras su madre no me dejaba hacer mi trabajo. ¿Cómo voy a reponer los plátanos si no apartan sus culos de mi espacio? El niño lo sabe. Lo sabe todo. Sabe que soy sólo un desgraciado, incapaz de encontrar su lugar, entre los plátanos o en la vida, qué más da, todo es lo mismo. Y ha descargado toda su rabia y su incipiente poder contra mí. Su camión era su arma de hoy. Las de mañana serán la indiferencia y el rechazo.
A él le envuelve un mundo protector de caricias y besos, una madre comprensiva a la que acompaña tiernamente asido de la mano en sus quehaceres diarios. Una madre que le dará la seguridad suficiente para convertirse en un hombre fuerte, poderoso. Cruel incluso. Si yo pudiese cambiar eso hoy, cuando el niño es aún un niño, y su única arma un juguete…
Lo metería conmigo en esta bañera de agua helada, le daría un poquito de whisky, y le hablaría como un padre:
-          Mira, Álex: en la vida hay dos tipos de personas: las poderosas y las invisibles. Las personas poderosas son malas, pero como están ahí para que todos podamos admirarlas, se les ve perfectamente; es fácil ver su peligro, y por tanto es fácil alejarse de ellas. Y también es fácil vengarse. Pero las personas invisibles, como los reponedores del supermercado… esas sí que son peligrosas de verdad: están descontentas con la sociedad, enfadadas porque les ha convertido en personas-trapo, receptoras de gritos y quejas. ¿Y a cambio de qué? ¿De un sueldo mísero y unas condiciones de trabajo pésimas? Tú esto no lo entiendes aún, pero un golpe con tu camión de juguete puede desencadenar en ellos la locura, una obsesión de la que no pueden huir, ¿sabes? Como esos misiles que persiguen su objetivo hasta que lo hacen explotar, sin escapatoria posible… pues así pasa, Álex. Y ese es el verdadero peligro. Así que la próxima vez que vayas al súper, hijo, tú mira al suelo, no te muestres feliz ni sonriente, desconfía de los que te rodean… y no mires nunca a nadie a los ojos. Los ojos, Álex, son el sentimiento, la pasión. Son tu yo más profundo. Y hay que dejarlos encerrados, castigados sin sol y sin brillo. Aprende esto bien, mi cielo. Desconfía.
Para entonces a lo mejor Álex había dejado de respirar, su cuerpecito amoratado ya inmóvil bajo el agua. Así que daría igual que le hubiese aconsejado o no. Lo mismo pasó con mi perrito Puchi. Cuando acabé de bañarlo, no respiraba. Yo lo quería, y mucho. Pero él siempre huía de mi lado. Otro que me sabía invisible, nada importante. Aún recuerdo su energía descosida intentando zafarse de mis manos, que lo sumergían sin piedad para ver cuánto aguantaría. Cuando dejó de pelear por su vida, le metí el dedo por el culo. Siempre había querido hacerlo, no sé por qué. Parecía un peluche, pero más pesado. Me pregunté durante días qué era exactamente lo que había cambiado para que pasara de estar vivo a estar fiambre: no era la respiración en sí, sino las ansias de respirar, la capacidad de respirar.
Yo por eso sé que aún estoy vivo. A veces aguanto la respiración y me cronometro. Cuando estoy solo, en mi bañera, en calma total, es cuando más aguanto. En cambio, en el trabajo apenas puedo hacerlo durante un minuto escaso. Cuando abro la boca otra vez para coger aire, siento como si mis pulmones me fuesen a estallar. Y hago un ruido que no se puede comparar con nada. Una explosión de vida, dolorosa e insuficiente. Por eso sé que estoy vivo. Porque siempre estallo devorando todo el aire a mi alrededor, con la cara enrojecida y los ojos palpitando.
Una vez alguien me dijo que no te puedes suicidar simplemente negándote a respirar, porque tu cuerpo es incapaz de dejarse morir, y que aunque tú lo tengas decidido de manera consciente, en el último instante él toma el aire necesario para seguir vivo. ¡Qué cabrón!
Yo siempre he pensado que me gustaría morir en la bañera, en mi bañera, como estoy ahora. Me cortaría las venas de las muñecas con una hoja de afeitar, y en la oscuridad y la relajación, mi sangre saldría de mi cuerpo imperceptiblemente, dejándome volar en un sueño dulce. No sería demasiado doloroso, pero sí muy efectivo, siempre que mi cuerpo no decidiese vivir y saliese de la bañera contra mi voluntad para llamar al médico.
¿Qué estará haciendo ahora el pequeño Álex? A las cinco de la tarde en pleno julio, quizás una siesta. Me lo puedo imaginar, durmiendo como duermen los niños pequeños, mojando de sudor su almohada azul de trenecitos, sin pijama, abrazado a su oso de peluche. Su mamá abrirá ligeramente la puerta de su habitación y lo contemplará dormir, tan pacíficamente, tan abandonado a su sueño. Ella sonreirá. Las madres siempre sonríen cuando ven a sus hijos dormir. No sonreirían tanto si supiesen que no iban a despertar. En silencio para no romperle el sueño volverá al salón, y pondrá el televisor casi sin voz para ver la telenovela. Mientras, tomará su café, satisfecha de tener su  mundo en paz y bien protegido.
Yo salgo de mi bañera ya, con los dedos de los pies arrugados y el pelo frío chorreando agua por mi espalda. Me pongo las zapatillas de ir por casa, pero no me seco ni me visto, ni me enrollo en una toalla. Tal y como mi madre me trajo al mundo me paseo por mi casa, vacía de ojos que me censuren.
Todas mis persianas están medio bajadas. No me gusta la luz. Con el calor del verano, en cinco minutos estoy totalmente seco. Me pongo mi bañador y una camiseta y me bajo a la playa. Me gusta pasear con los pies en el agua. Veo a los niños jugar haciendo castillos, inconscientes y ajenos a mi mundo, como sus padres. Cuando me canso, me siento en una piedra junto al muro que separa la playa de la carretera, a la sombra de un tejadillo. Siento la brisa del mar en mi cuerpo. Huelo a sal y a crema solar. Entreabro los ojos y observo el mundo encerrado en apenas una línea horizontal de visión: el brillo del mar y del cielo, azul cristalino; los cuerpos semidesnudos, conversando de manera ininteligible; los rostros satisfechos, relajados. Acaso un avión surca el cielo. O un barco el horizonte.
Entro en el agua después de las siete, cuando ya se ha ido el socorrista de la Cruz Roja y en la playa quedan apenas cuatro o cinco familias. Me adentro en el mar. Soy buen nadador, y no buceo mal. El agua, fría y cristalina, es mi aliada. No oigo más que las olas y mi respiración. El sol ya se retira, cansado y vencido. Yo hago el muerto y floto sonriendo. Sería un muerto feliz.
Salgo y me voy a casa chorreando agua salada. En mi piel, la arena y la sal empiezan a picar cuando me vuelvo a mi bañera. Esta vez un baño rápido, de cinco minutos.
Son las nueve, y merodearé por el pueblo en busca de algún niño perdido. Jamás he encontrado ninguno, pero no pierdo la esperanza. Le invitaría a mi casa a comer pizza. Le prometería que llamaría a su casa, o a la policía, o a quien él o ella quisiera. Lo metería en la bañera conmigo. Jugaríamos a los barquitos. Y a los submarinos. Como con Puchi.