lunes, 11 de marzo de 2013

Reinserciones e hipocresías

En el sistema judicial español hay una máxima que se repite incesantemente, quizás por su dificil asunción: el objetivo de la pena que se le impone a alguien tras un delito no es la venganza, sino la reinserción. Lógico, y aún así, visceralmente repulsivo en algunos casos como el de Marta del Castillo, en el que los condenados se han reido de la justicia y de la sociedad al no revelar el paradero del cuerpo de la joven, o el de los niños Ruth y José, asesinados por su propio padre como venganza contra la madre tras haberse roto el matrimonio. En ambos casos, por la crueldad del crimen y por la desfachatez de los asesinos, uno no tiene deseos de imponer una sentencia legalmente justa, porque la única justicia que aquí debería caber es la del ojo por ojo y diente por diente.

Sin embargo, en otros casos menos graves se entiende que tras el cumplimiento de la pena, el que cometió el delito tiene derecho a proseguir con su vida, a hacer borrón y cuenta nueva, pues ya pagó a la sociedad y puede pasar página y seguir su camino. Nadie tiene derecho a hacerle pagar dos veces la cuenta que ya saldó, ni a ser altavoz de su anterior delito para provocarle daño una vez reinsertado en la sociedad. Y no importa a qué se dedique. El espíritu de la ley es el mismo con independencia de la profesión del afectado. Tanto da que sea fontanero como conductor de tren, cantante o pintor como político. Tanto da. O tanto debería. 

Sin embargo, parece que populares y socialistas por igual se han escandalizado porque un hombre condenado por acoso hace diez años ha emitido un voto. Claro que era un voto decisivo gracias al cual los populares han perdido la alcaldía de un pueblo importante a favor de los socialistas, pero este hombre en cuestión ya llevaba años reinsertado en la vida política, y había fundado un nuevo partido con el que consiguió representación en el Ayuntamiento.

Por lo tanto, si la reinserción ya era un hecho, ¿qué es lo que les ha llevado a poner el grito en el cielo, llegando incluso a pedir la dimisión del alcalde resultante? Estoy de acuerdo en que el acoso es un delito repugnante, pero la reinserción no distingue entre repugnancias: simplemente es un derecho tras el cumplimiento de una pena, y este político no ha vuelto a ser acusado de acoso: su delito esta vez ha sido, simplemente, votar. 

Y no me parece que este sea el momento de andarse con florituras y exquisiteces entre justicia y política. Si a todo político condenado por la justicia española se le negase el derecho a voto, en unos años podríamos encontrarnos con un buen problema. ¿O es que los delitos económicos y financieros no les son tan repugnantes?

domingo, 3 de marzo de 2013

Pasea...



Pasea el sol por tu escote
Celosísimo del aire que lo desviste
Cada sombra un misterio que oculta
Cimas de ensueño
Cada soplo una ocasión desperdiciada
Para el goce.

domingo, 24 de febrero de 2013

Conservo...



Conservo unos minutos regalados
Tan nuevos
Tan nobles
Que da pena ensuciar con realidades
Su mágico rubor de terciopelo.
Quizás los entregue a algún niño
A algún maestro de escuela
A un volador de cometas
O a un sabio contador
De gaviotas

domingo, 17 de febrero de 2013

NUNCA SE SABE



Limpio mi cocina por si viene en calzoncillos
El alba
Y penetra orgulloso entre los brillos
Del cristal de mi ventana
Dice hola qué tal doncella fina
Y me regala un vuelo de luz
Y un rayo de besos en vientre
Nunca se sabe
Quién viene a salvarte del tedio
Quién te rescata
Del gris de unos días perdidos
Del llanto de noches
Sin luna.

viernes, 15 de febrero de 2013

LO PÚBLICO Y ESPAÑA

De entre todas las profesiones que admiro, creo que la de médico se lleva la palma. Desde siempre me ha fascinado esa extrema responsabilidad que supone tener la vida y el sufrimiento de otra persona entre las manos, y ser el único que tiene el conocimiento suficiente para poder tomar decisiones trascendentes sin las cuales el enfermo no tendría ninguna posibilidad; estar en contacto continuo con las horas más bajas de todo tipo de paciente, desde niños hasta ancianos; sentir que en los momentos más críticos, el ser humano se vuelve más humano todavía. 

 Recientemente, los médicos me han hecho reflexionar mucho. Este desmantelamiento de la sanidad pública en aras de un ahorro que parece beneficiar sólo a bancos y a otros privilegiados económicos los ha sacado a las calles. Los hemos visto protestar, pancartas en ristre, codo a codo con los ciudadanos a los que atienden a diario. Con los que tantas veces les habrán dado las gracias por haber estado ahí. Si no hubiese sido por ellos... Como los habitantes de pueblos pequeños que se van a quedar sin centros de urgencias, por ejemplo. O como los inmigrantes sin papeles, que tendrán que pagar si quieren ser atendidos.

Siempre habrá descreídos malintencionados que verán en las protestas médicas una lucha egoísta del sector sanitario por mantener sus puestos de trabajo y sus condiciones laborales. Pero a estas alturas de la trama, los descreídos malintencionados se están quedando sin argumentos que esgrimir contra los trabajadores de cualquier sector, a los que se está despojando de cualquier privilegio que pudiesen haber tenido bajo la amenaza de que bastante privilegio es tener un trabajo hoy en día.

Otro tanto podría aplicarse a los trabajadores de la enseñanza pública, que están viendo sus plantillas recortadas, el número de alumnos por aula incrementado en exceso, y las dotaciones económicas que garantizan el funcionamiento de los centros esquilmadas hasta la casi inexistencia. También los hemos visto protestar por las calles de las grandes ciudades españolas, defendiendo un derecho que nos pareció inalienable y que hoy se tambalea bajo la amenaza de la privatización. Educación para todos. Y de la buena. 

Creo que somos conscientes de que la crisis actual es como un enorme agujero sin fondo por el que todos estamos a punto de caer, pues tiene tales dimensiones económicas que no hay sector ni país que se halle a salvo. Los que aún damos vueltas por el borde del abismo contemplamos a los que van cayendo mientras desaparecen sin que nadie pueda ayudarles, y nos cogemos de las manos en un corro desesperado que intenta resistir mientras el tiempo, que parece ser nuestro único aliado, nos permita seguir respirando. Es una catástrofe tan global que trasciende nuestras fronteras, nuestros sectores laborales, nuestra formación y nuestra experiencia. 

Y en esta desesperación, que ya ha empezado incluso a cobrarse vidas humanas, echo de menos ciertas voces. ¿Dónde están? ¿Dónde se refugian los intelectuales? ¿Por qué causas están dispuestos a levantar la voz, a posicionarse y a reclamar lo que es justo y de todos? No nos engañemos: no los hemos visto todavía. Sé que en nuestro país hay intelectuales de fama internacional en diversos campos, desde la filosofía hasta la astronomía, desde la música hasta la arquitectura. Nos han saludado desde las páginas de los suplementos culturales de los periódicos, perfectamente ataviados con trajes impecables, recogiendo títulos, honores y menciones en universidades, fundaciones y ministerios. ¿Dónde están ahora? Han ocupado su lugar unos pobres actores y cantantes que alzan su voz de manera partidaria y que sólo parecen protestar cuando el que manda es del color opuesto. Yo me refiero a los intelectuales de verdad, a los que hablan con conocimiento y honestidad, a los que han estudiado y ejercido en otros países y saben que las cosas se nos están torciendo hasta un punto de dificil retorno. ¿Dónde están? ¿Por qué callan? ¿Es que no les duele nuestra situación como propia?

En el colmo de la estupidez política, lejos de denunciar lo denunciable y luchar por lo que es justo ofreciendo soluciones posibles, utilizamos a nuestros embajadores culturales para promocionar eso tan ilusorio que es la marca España. No sólo no reparamos nuestro daño, sino que intentamos que en el extranjero ni siquiera se sepa de nuestro sufrimiento. Ocultémoslo. Neguémoslo. Señor Banderas, hable usted de las excelencias de la Semana Santa de Sevilla. Ahora bien, si le preguntan por la situación de nuestro país, mire hacia otro lado y silbe. Silbe bien fuerte, por lo que más quiera. No vayan a sospechar que aquí la gente se suicida porque se queda sin casa. No vayan a creerse lo de los seis millones de parados. No sea que oigan rumores de cierres de hospitales. Usted disimule, señor Banderas. ¿No es usted actor? Pues actúe, hombre, actúe. Al fin y al cabo, usted vive en Los Ángeles, ¿verdad? Bonita ciudad, por cierto. ¿Y qué tal allí los hospitales?






lunes, 11 de febrero de 2013

CUESTIÓN DE CONFIANZA

Cuantos más casos de corrupción aparecen en la prensa, con más fervor los políticos apelan a los ciudadanos, rogándonos o exigiéndonos, según se mire, que confiemos en su inocencia. Y están los tiempos para pocas confianzas, teniendo en cuenta que no hay esfera política, económica, religiosa, intelectual, institucional o social que se libre de la sospecha o de la acusación en firme. 

 Son malos tiempos para la confianza. Aquel antiguo gesto tan elegante y que siempre me gustó tanto de mirar a alguien a lo más profundo de sus ojos y decirle con una sonrisa: "Confía en mí". Eso ya pasó a la historia. Los políticos deberían saberlo. Deberían haberlo sabido, de hecho: la confianza se va ganando lentamente, durante años. Y basta un segundo para perderla. Es lo que debe de estar pensando el Rey, que después de cuarenta años de apoyo por parte de los españoles, vive sus horas más bajas entre elefantes, yernos y su propia vejez.

Tampoco nos sirven ya los papeles. Ni las Declaraciones de la Renta, ni la del Patrimonio, ni siquiera el extracto de las cuentas bancarias suizas. Los documentos, como las palabras, son tan manipulables que sólo van a demostrar lo que se quiere demostrar. Los únicos papeles a los que damos crédito son los que aparecen sin tener que aparecer, los robados o filtrados, los que reflejan los trapos sucios que se suponen ocultos y que algún partidario dolido saca a la luz por despecho. Y que, a juzgar por el revuelo organizado, se diría que dicen más verdades de las que nadie ha querido admitir.

Sin embargo, sabiendo cómo funcionan las cosas en este bendito país, ya se encargará alguien de invalidar los documentos. Cuanto más delatores y más certeros, más seguros estamos los ciudadanos de que no llegarán a puerto. Como las condenas de los cargos importantes. ¿Alguien ve a Urdangarín en la cárcel? ¿A algún político, quizás? ¿Banqueros de esos que han arruinado a sus entidades? Parece que no.

Desgraciadamente la rueda se empecina en seguir rodando en la misma dirección. La justicia se ceba en los más desfavorecidos. La economía también. Pasan los filos de sus cuchillos por encima de nuestros pescuezos, estirados sobre el mármol de sus ganancias esperando el último hachazo. Como los pollos, hacinados, míseros y abocados a una muerte programada, vemos a los ricos vivir en un mundo paralelo. Absolutamente impunes. Escondidos bajo un manto invisible de privilegios que ellos mismos han tejido para protegerse de nosotros. De tanto pollo desplumado que cacarea y cacarea exigiendo la justicia que no nos alcanza. Ya podíamos aprender de los corderos. De su mansa dignidad. De su silencio.

domingo, 10 de febrero de 2013

COMO SI QUISIERA (poema satírico del domingo)



Como si quisiera querer me dijo
-sin querer que lo quisiera-
que me amaba puramente como a un ángel
del firmamento,
y yo, que quise querer como a él le quise
sin poder quererle así,
le dije
que no ángel sino doncella contemplaba,
y que siendo un firmamento nuestra alcoba
con tanta estrella en sus ojos luminosos,
fuese afán buscar demonios
cuando en todas las mujeres nos habitan.
"¡Fuera el disfraz,
la carne es mía,
siénteme latir inmensamente!"
Viéranle correr...
¡más que ángel perseguido
con las alas desplegadas!
Resté en soledad
y en carcajada,
pues una cosa es el querer
serenamente
y otra cosa es no yacer
con vuestra amada.